Negro y viscoso es el dios de la ira, por María Otaiza

Una película brutal. Al punto de agredirte auditivamente. Limpia de juicios, agresiva, desencarnada. Sucia de betumen, de lo densa y árida que puede llegar a ser una persona. Paul Thomas Anderson (director), Daniel Day Lewis (primer actor) y Jonny Greenwood (banda sonora) arman la trinidad que da vida a la macabra: There Will Be Blood.
Daniel Plainview (interpretado por Daniel Day Lewis), es uno de los personajes más salvajes vistos jamás. Un ser que graba con sangre su historia. No se viste de malvado. Plainview da mucho más. Paul Thomas Anderson y Daniel Day Lewis no repararon en moralidad alguna para elevarlo o hundirlo. Sólo le dieron vida.
Probemos un poco: estoy solo. Siempre he decidido estar solo y lo que mejor se me da es el peritaje geológico. Conozco la tierra. Prefiero no recordar de dónde provengo. Soy envidioso. Siento rabia. Sé que hay algo. Puedo oler lo que la tierra tiene por dentro, y si hay petróleo, puedo sacarlo mejor que nadie. Todos ganamos en este negocio pero sólo yo puedo tener más. Nadie más puede tener éxito. Porque yo sé cómo sacarle provecho. No me gusta la gente. Puedo ver cómo son sólo con verlos. Veo lo peor de las personas. Son perezosos. Obtengo de ellos lo que necesito pero me enferman. Odio a la mayoría. Trabajo y acumulo poco a poco para poder alejarme de ellos algún día.
A primera vista, un hombre oscuro. Sólo admite la compañía de quienes significan un provecho para él. No cree en Dios. Eso es para los flojos que no pueden forjarse un futuro. Adopta a un niño que endulza los corazones de los granjeros a los que él les compra las tierras. Le habla apenas. No sabe cómo emitir una palabra de afecto, una emoción distinta a la ira. Su pecado capital. La energía que lo mueve, la que lo levanta de aquel pozo en donde se fractura una pierna cuando era joven, mientras exploraba en solitario. Tres emociones mueven a nuestro personaje: la ira, la culpa, la paranoia. La rabia se transforma en codicia y la culpa en un áspero trato con el niño (H.W), su primer intento por sentir filialidad con un semejante. Fallido al igual que cuando apareció aquel hombre llamado Henry. Parecido a algunas especies que cuando no encuentran rastro genético de ellos en sus crías, se deshacen de ellas. Nuestro personaje hace exactamente lo mismo. “Si está en mí, está en tí”, solía decir Plainview (conversación con Henry durante la noche).
Extraño sentimiento el de la culpa en una persona que suele aprovecharse de los demás sin miramientos. En el fondo, él está asqueado de lo que tanto busca y explota. Él sabe que obtenerlo se lleva la vida de unos cuántos. Daniel Plainview pudo alejar a H.W pero no lo hizo. Aún cuando el chico dejó de significarle provecho, lo buscó y demostró a sus competidores y a sí mismo, que sí tenía una familia. A su modo. En el fondo, alguna vez él soñó con tener hijos y criarlos en una casa que admiraba durante su infancia. Difícil debe ser envidiar lo que pretendes odiar. Oscura contradicción. En la medida en que fueron pasando los años, su obsesiva competición contra sí mismo y los demás, degenera en una paranoia: una sensación de que todos lo envidian y quieren aprovecharse de él.
Un antes y un después: cuando nuestro chico Eli (Paul Dano) lo bautiza para la iglesia de la Tercera Revelación y cuando Daniel Plainview, años después, hace lo mismo con el ahora bien acomodado predicador. Ambos personajes reconocieron sus respectivos tormentos y los utilizaron para vengarse entre ellos: Daniel gritó en contra de su voluntad que había abandonado a su hijo y el chico reconoce que es un falso profeta y que Dios no existe. Ambos personajes gritaron las mentiras que no eran más que sus atormentadas verdades. Buen futuro al chico que años atrás descubriera sus dotes para el cine porno en The Girl Next Door, 2004.
La sangre cierra la historia. Plainview dice “Finalicé”. No bastaba con tenerlo todo, también debía destruir lo que tanto odiaba. No estaría completo si no acababa con eso, con aquello que representaba todo lo que él odiaba: la falsedad, la lujuria, la idiotez. Con gula la sed se petróleo aclaró al fin su verdad y se mostró como lo que verdaderamente era: sed de sangre.
Si quieres hacerlo bien, házlo tú mismo
Paul Thomas Anderson escribió la historia inspirado en la novela “Oil” de Upton Sinclair. Usualmente lo hace y películas como Boogie Nights (1997), Magnolia (1999) y Punch-drunk Love (2002) evidencian a un realizador amante de la densidad humana, de personas movidas por emociones en plena contradicción. Aún cuando dijo que todas las preguntas y respuestas a There Will Be Blood podemos encontrarlas en El tesoro de la Sierra Madre (1948), Anderson construyó un film poco complaciente. El espectador debe pensar en los porqués. Anderson no los muestra. Se toma su tiempo en las tomas para que tengas un buen chance de involucrarte, de sentir el calor, el aceite, la tierra, la rabia… una sutileza a la entrada del film parece dedicada a Stanlley Kubrick: cuando Daniel sale del hoyo que está excavando y, en más de una ocasión, la cámara se concentra sin vergüenza en un refugio para excavadores, muy similar a la entrada de algunas tumbas egipcias, una anticipación al destino final de los más poderosos. Se puede oler la muerte en las imágenes. Más aún cuando lo que escuchamos viendo el umbral en la roca es un sonido estridente. Jonny Greenwood.
Pareciera que Jonny Greenwood supiera cómo sonaría el petróleo si sería música. Este chico experimental había musicalizado imágenes anteriormente (Bodysong, 2003) y creado temas para numerosas películas, entre las que destacan The Children Of Men (2006), A Scanner Darkly (2006) Unfaithful (2002) y Romeo + Juliet (1996). En There Will Be Blood, lo que Daniel Plainview no dice, lo dice el sonido de fondo. Se escuchan cuerdas estridentes y percusiones que parecen salir de las excavaciones. Sólo dos piezas fueron compuestas para escenas específicas. Luego de leer el guión y ver algunos fragmentos del film, Jonny escribió algunas notas y prefirió componer para el significado subyacente en la historia: “It’s not really the kind of narrative that would suit that. It was all about the underlying menace in the film, the greed, and that against the fucked up, oppressive religious mood—and this kid in the middle of it all” (Greenwood, entrevista para Nonesuch Journal). Un buen detalle: la carátula del disco muestra al falso profeta expiando las culpas de un pecador. Escalofriante. Quizás, la mentira también llamó la atención del guitarrista de Radiohead.
Daniel Day Lewis
Los seguidores de Daniel esperan que el controvertido actor siga teniendo la necesidad de actuar por muchos años. Pertenece a la raza de hombres que creen en la posesión del personaje hacia el actor y no en viceversa. Investiga, convive con quien tenga que hacerlo, se prepara físicamente y se transforma tanto dentro como fuera del set. Jim Sheridan, quien lo ha dirigido en tres ocasiones (My Left Foot, 1989, In the Name Of The Father, 1993, y The Boxer, 1997) alguna vez sugirió que Lewis no disfrutaba su trabajo. Esto, sumado al año de autoexilio en Florencia (en donde vivió como aprendiz de zapatero hasta que llegara Scorssese para seducirlo a manejar unos cuchillos) confunde a críticos y seguidores. Raras veces le emociona un guión. Incluso él mismo se sorprende si llega a aceptar un papel (la pausa más larga fue de 5 años entre The Boxer y Gangs Of New York). El ganador de un oscar por My Left Foot (1989) parece aplicar la del “conócete a tí mismo” y asegura que asume un papel cuando la historia en juego valga la partida y necesite hacerlo, en miras a drenar su indomable carácter: “¿Qué actor no ha dicho alguna vez “odio este puto trabajo”? Yo lo he dicho muchas veces. Pero sólo puedes tener un sentimiento tan fuerte por algo que amas realmente. Cuando lo estoy haciendo, no hay ninguna cosa en el mundo que preferiría estar haciendo”. Actualmente, el inglés nacionalizado irlandés vive con Rebecca Miller (quien lo dirigió en The Ballad of Jack and Rose, 2005) y sus dos hijos, de los cuales aspira escojan cualquier otra profesión: “Y si no necesita eso, que haga otra cosa. Eso es válido para cualquier trabajo creativo: si no lo necesitas, haz otra cosa. En caso contrario no serás más que un falso profeta”.